Venezuela bajo tutela: lecciones de Alemania, Japón y Corea del Sur – Por Eloy Torres

                                “Es insoportable para los oficiales y soldados del Ejército y la  Marina  rendir sus armas y aceptar la ocupación del país. Sin embargo, comparado con la completa desaparición del Japón, aún si solo unas pocas semillas sobreviven, ello nos permitirá vislumbrar la recuperación y un futuro mejor”.
                                                                                                                   Emperador Hirohito,14 de agosto 1945.

 

En una ocasión, leímos en una obra de Edward H. Carr, lo siguiente: “Cerciórese primero de los datos, y luego podrán aventurarse por su cuenta y riesgo en las arenas movedizas de la interpretación: tal es la última palabra de la escuela histórica empírica del sentido común. Ello recuerda el dicho favorito del gran periodista liberal C.P. Scott: ‘Los hechos son sagrados, la opinión es libre’”. (Edward H. Carr. ¿Qué es la historia?, Editorial Ariel, Barcelona 1983, p. 13)

El tema es la Segunda Guerra Mundial en la que Alemania y Japón jugaron un papel significativo. La ideologización izquierdista de la historia (también la visión estadounidense) nos hizo creer que terminó el 9 de mayo de 1945, justamente cuando el Mariscal alemán Keitel firmó la capitulación ante el Mariscal soviético Zhukov. Mientras que la capitulación nipona, que ocurrió meses más tarde, fue minimizada por Moscú y por Washington. Razón por la cual, daremos inicio a este trabajo con una sucinta explicación, refugiándonos en los consejos de Edward H. Carr, para evitar caer en las interpretaciones que buscan minimizar, cambiar o retocar los hechos históricos.

La guerra terminó el 2 de septiembre de 1945, cuando Japón oficialmente capituló. La señalada alocución del Emperador nipón en los términos destacados en el epígrafe fue determinante para debilitar a los militares y personeros que estaban a favor de continuar la guerra. Ese fue el momento cuando realmente finalizó la Segunda Guerra Mundial.

Me permito adelantar, que tanto los EEUU como la entonces URSS, por distintos motivos, les convino tratar ese momento con cierta adumbra.

Hay que destacar que la rendición de Japón el 2 de septiembre de 1945 se produjo tras dos acontecimientos catastróficos: los bombardeos atómicos de Hiroshima y Nagasaki, ocurridos los días 6 y 9 de agosto de 1945. Estos ataques causaron la muerte inmediata de decenas de miles de japoneses, mientras que el efecto de la radiación provocó más sufrimientos y fallecimientos en los años posteriores.

La firma del acta de capitulación tuvo lugar en la cubierta del acorazado USS Missouri, en la bahía de Tokio, ante representantes de los Aliados y la delegación japonesa. Este acto no fue solo un símbolo del fin de la guerra, sino también un momento para reflexionar sobre el inmenso costo del conflicto. Las secuelas de la guerra redefinieron el orden mundial, fortaleciendo la instauración de las Naciones Unidas, la reconstrucción de Europa y Asia, además del inevitable inicio de ese complejo y particular proceso político llamado Guerra Fría.

Tras la conclusión de la Segunda Guerra Mundial, insistimos, el mundo entró en una nueva era marcada por la reconstrucción, la descolonización y la competencia global entre las superpotencias emergentes: EEUU y la URSS. El Plan Marshall, mediante el cual EEUU brindó ayuda económica a las naciones europeas devastadas por la guerra, desempeñó un papel crucial en la recuperación de Europa Occidental y en la contención de la expansión del comunismo.

Más allá de la reconstrucción material, la guerra tuvo un profundo impacto en el pensamiento político y social. El Holocausto puso en evidencia el cúmulo de atrocidades a las que puede conducir la intolerancia, la ideológica como la racial, además del revanchismo territorial. Al mismo tiempo, los horrores de la guerra avivaron el deseo de paz y cooperación internacional, con lo que se construyó, en torno a la Organización de las Naciones Unidas, junto a la Declaración Universal de los Derechos Humanos, un soporte moral a las relaciones internacionales.

Sin embargo, hay que reconocer que los actores internacionales que iniciaron el horror bélico (Alemania y Japón) mostraron situaciones políticas dramáticas, con las cuales ofrecieron un manto complicado para comprender su futuro papel a cumplir en el mundo que se avecinaba.

Alemania dio señales de resistencia en su entramado político interno. Hubo momentos dignos de destacar. Hay en el tapete de la historia muestras de cómo se deterioraba el régimen nazi. Por ejemplo, cuando ocurrió el intento de atentado contra Hitler el 20 de julio de 1944. Varios oficiales colocaron una bomba que milagrosamente (para Hitler) no lo afectó. Ciertamente la conspiración fracasó, pero pudo demostrar la existencia de factores políticos internos que no apoyaban al régimen nazi, con los cuales, como se demostró más adelante, se pudo contar, para edificar la futura Alemania. Tras su derrota, ella se construyó fundamentalmente, con los recursos del Plan Marshall, pero fundamentalmente con los hombres que resistieron durante 12 años al régimen nazi, así como también algunos burócratas que participaron en el mismo. Total, eran alemanes. Repito, no fue fácil.

La guerra contra Alemania terminó en mayo de 1945 y las primeras elecciones se realizaron 4 años después. Esto es, tras un complejo proceso de adecuación de los factores intermedios en la naciente República Federal de Alemania (RFA); es decir, hubo procesos electorales graduales en los llamados “länder”, que llevaron a la conformación del Consejo Parlamentario en 1948 que terminó redactando la Ley Fundamental. Promulgada el 23 de mayo de 1949. Esta “particularidad” alemana, para transitar de la ocupación a la democracia, tuvo lugar en tres de las cuatro zonas de ocupación (estadounidense, británica y francesa). En la zona ocupada por la URSS, se constituyó el 7 de octubre de 1949, la República Democrática de Alemania (RDA) de corte comunista.

Ahora bien, en la RFA, los länder renacieron bajo una férrea vigilancia, fundamentalmente de las tropas de los aliados occidentales. Sin embargo, hay que decirlo: esa vigilancia permitió que se sedimentaran las bases para reconstruir el entramado constitucional alemán que se vio fortalecido con las elecciones en septiembre de 1949, donde obtuvo el triunfo el líder Konrad Adenauer, quien fuere su Canciller desde entonces hasta 1963.

Hoy por hoy, la Alemania reunificada es un factor fundamental en la Unión Europea, cuyo peso es considerable para las relaciones internacionales. No es un país ocupado ni tutelado. Por el contrario, es una nación que logró emerger de sus cenizas con un peso cultural y empeño en ser una nación de primer orden.  Un ejemplo a considerar.

En el caso de Japón por sus características culturales habría que tomarlo en cuenta, pues fue un país que sufrió y sobrevivió a dos bombardeos atómicos, así como un despiadado ataque soviético.

Es aquí donde encontramos los elementos que sirvieron de adumbra para “ocultar parcialmente” el verdadero final de la Segunda Guerra Mundial. EEUU buscó “minimizar” el lanzamiento de las bombas sobre Hiroshima y Nagasaki por razones morales y políticas. En lo político, fue una decisión difícil y muy dura, pero a su vez necesaria, en la lógica, claro está, de una potencia que busca derrotar al enemigo e imponer los términos de la paz. Es un elemento privativo de la estrategia; ella, como nos lo indica Liddell Hart es “…el arte de distribuir y aplicar medios militares para obtener los fines trazados por la política” (B. Liddell Hart, Strategy, The New American Library Inc., Nueva York, 1974, p.3 21)

Ahora también lo moral hay que tomarlo en cuenta, pues EEUU utilizó un arma de destrucción masiva y ello debe ser considerado, y todavía lo es, como uno de los temas más debatidos de la historia. El debate moral gira en torno al hecho vital de si la destrucción masiva de población civil, estuvo éticamente justificada para forzar una rendición rápida y evitar una invasión terrestre. El hecho cierto es que el 15 de agosto de 1945, pocos días después de los bombardeos atómicos de Hiroshima y Nagasaki, el Japón imperial se rindió ante los Aliados, poniendo fin a la Segunda Guerra Mundial.

La rendición de Japón era inminente. Para el mes de julio, la Armada japonesa ya no tenía capacidad para llevar a cabo operaciones en el Pacífico, y una invasión de las islas era solo cuestión de tiempo. Aunque los líderes japoneses, algunos miembros del Consejo Supremo para la Dirección de la Guerra, declararon públicamente que lucharían hasta el último hombre; mientras, negociaban en secreto con la URSS para lograr una paz en condiciones favorables. Los soviéticos, no obstante, se preparaban para atacar a Japón, tal como se habían comprometido a hacer en las conferencias de Teherán y Yalta.

En los primeros días del mes de agosto, los estadounidenses lanzaron la primera bomba atómica sobre Hiroshima. Días después, la URSS de la mano de Stalin, violó el Pacto de Neutralidad soviético-japonés y declaró la guerra a Japón e invadió inmediatamente a Manchukuo y tomó las islas Kuriles. Todavía se debate, entre Japón y Rusia la soberanía de esas islas. Japón, sufrió lo que le correspondía sufrir, en virtud de la lógica del “Diálogo de Melos” que refiere Tucídides. Tras el primer ataque nuclear y la invasión soviética, EEUU lanzó la segunda bomba atómica estadounidense destruyendo a Nagasaki.

El 26 de julio de 1945, desde Potsdam, EEUU, Gran Bretaña y China dirigieron al Japón imperial una declaración que le exigía la rendición incondicional bajo amenaza de una “destrucción inmediata y total” (la URSS no la suscribió porque todavía no había declarado la guerra a Japón). Ese planteamiento se emitió, en la lógica de Washington, para forzar la capitulación y ahorrarle al pueblo japonés sufrimientos. Japón lo rechazó de inmediato, y con ello sus líderes se cerraron toda salida honrosa (U.S. Department of State, Office of the Historian, La Conferencia de Potsdam, 1945).

El 6 de agosto de 1945, tras el lanzamiento de la primera bomba sobre Hiroshima, el Presidente Truman reforzó esa amenaza en su comunicado oficial. Justificó el ataque, recordó que el ultimátum del 26 de julio se había emitido precisamente para evitarle a Japón la destrucción total y advirtió que EEUU estaba dispuesto a arrasar sin demora toda su capacidad productiva —muelles, fábricas y comunicaciones—, sin que ningún sector quedara a salvo. De no aceptarse los términos, sentenció, a Japón le esperaba “una lluvia de ruina desde el aire, como nunca antes se ha visto en esta tierra”.

El papel de las bombas atómicas en la rendición de Japón —y, sobre todo, la justificación moral de ambos ataques— sigue siendo objeto de debate. Puesto que el terror provocado por estos tres sucesos (las dos bombas y la incursión soviética en Manchuria) impulsó al Emperador Hirohito a intervenir y ordenar a los miembros del Consejo Supremo que aceptaran las condiciones de rendición establecidas por los Aliados en la Declaración de Potsdam. El ataque a Hiroshima y Nagasaki, más la ofensiva soviética influyeron profundamente en el Primer Ministro Suzuki y el Ministro de Asuntos Exteriores Shigenori Tōgō, quienes comprendieron que el gobierno debía poner fin a la guerra de inmediato. Sin embargo, el alto mando del ejército japonés subestimó la amenaza. Por ejemplo, el Almirante Toyoda, Jefe del Estado Mayor Naval, creía que EEUU solo había logrado construir una bomba atómica. Los estrategas estadounidenses, anticipando tal reacción, habían planeado un segundo ataque atómico precisamente para convencer a los japoneses de que EEUU no estaba jugando y que, ciertamente poseía un gran arsenal de dichas bombas y que no dudaría en usarlas para forzar la rendición de Japón, con lo que se exhibió desde 1945 como la gran potencia en el escenario mundial.

El 9 de agosto, tuvo lugar una reunión del Consejo Supremo. Suzuki acababa de reunirse con el Emperador y argumentó que la guerra no podía continuar. Shigenori Tōgō se pronunció a favor de aceptar los términos de la Declaración de Potsdam, con la condición de que el Emperador apoyara claramente esta decisión. Durante la reunión, los miembros del Consejo recibieron noticias del ataque a Nagasaki.

Al finalizar la reunión, los seis hombres estaban divididos en dos bandos iguales: tres de ellos (Suzuki, Tōgō y el Almirante Yonai) eran partidarios de aceptar las condiciones de Potsdam —sujetas a la condición propuesta por Shigenori Tōgō—, mientras que los otros tres (los Generales Anami y Umezu y el Almirante Toyoda) insistían en una rendición condicionada que permitiera a Japón gestionar su propio desarme y el asunto de los criminales de guerra, rechazando al mismo tiempo la idea de una ocupación aliada.

El 15 de agosto, el Emperador Hirohito anunció la rendición de Japón por radio, tal como señalamos en el epígrafe. Dos semanas después, Japón fue ocupado por las potencias aliadas. La ceremonia de rendición tuvo lugar el 2 de septiembre a bordo del USS Missouri: los funcionarios japoneses firmaron el documento oficial de rendición, poniendo fin así a la guerra. Japón pasó a ser un país ocupado por las fuerzas aliadas, dirigidas por el polémico General MacArthur.

Sin embargo, hubo soldados japoneses en diversas partes de Asia y de las islas del Pacífico que se negaban a rendirse. Algunos ni siquiera sabían que la guerra había terminado. El caso más notable fue el de un soldado japonés quien no se rindió hasta 1974. Sobre esto último hay incluso versiones cinematográficas.

El estado de guerra entre Japón y los Aliados concluyó oficialmente con la entrada en vigor del Tratado de San Francisco en abril de 1952. Cuatro años más tarde, en 1956, Japón y la URSS firmaron una declaración conjunta.

La sociedad japonesa logró superar ese drama. La reconstrucción institucional del Japón tras la Segunda Guerra Mundial, observó un complejo y profundo proceso, bajo la ocupación de EEUU. El General MacArthur, retratado en la historia como un hombre con una muy delgada pipa, siguió, cómo es normal, las indicaciones que provenían desde Washington: una total desmilitarización del Japón, la democratización y su transformación socio-económica.

Los hitos clave de este proceso incluyeron la nueva Constitución de 1947, la reforma agraria y la disolución de los monopolios económicos. Todos estos, fueron impuestos por Washington. Aunque algunos elementos fueron negociados por juristas y ejecutivos japoneses, la ocupación de EEUU sentó las bases del entramado institucional del Japón. Hay que destacar la permanencia de la figura del Emperador en la sociedad japonesa; al igual que la aceptación de valores propios de una sociedad occidental, como por ejemplo los sindicatos, en tanto que instrumentos para proteger los derechos de los trabajadores en un entorno democrático.

Hay que destacar el famoso tratado de San Francisco el cual fue firmado en 1951, por el cual Japón logró recobrar su total soberanía en el año siguiente. Así como la manutención de los acuerdos en materia de seguridad con EEUU, con lo cual Japón pudo invertir en su infraestructura para un rápido fortalecimiento de sus elementos industriales. De esta manera, se produjo el famoso “milagro japonés”, el cual fue estimulado por el cambio del sistema educativo y cultural. Hoy Japón es un gran ejemplo a seguir.

El caso de Corea del Sur, también lo abordaremos, pues, no deja de ser llamativo, ya que es un alimento que puede calmar el hambre de conocimiento que existe hoy en día. La península coreana resultó geopolíticamente dividida con la presencia los soviéticos en el Norte y los estadounidenses en el Sur producto, como se sabe, de la derrota del Japón imperial.

La primera, hoy conducida por Kim Jong-Un, heredero de un clan familiar, despótico y abusivamente inmerso en una tradición medieval con lo que han convertido a ese país en un campo de concentración, cuyos habitantes se mueven cual prisioneros que gritan loas al líder de esa maltratada nación. Esta Corea del Norte es una hechura de Stalin y hoy, es continuada, en su existencia, por la Rusia de Putin, gracias a los juegos geopolíticos.

Claro está que la realidad llevó al mundo a un ciclo de naturales disensos, producto del enfrentamiento ideológico-político-bélico y geopolítico, el cual se resumió en los primeros pasos de la Guerra Fría, durante la Guerra de Corea (1950-1953). Lo que resultó fue una guerra fratricida, instigada por los soviéticos y los estadounidenses. Fue una guerra total, donde hubo más de 3 millones de víctimas, en su mayoría civiles.

Fue una conflagración, provocada por los delirios expansivos de Stalin, en un deseo voluntarista de expandir la influencia del comunismo, en versión soviética; no obstante, no fue sino la pretensión de ampliar las proyecciones de su geopolítica a fin, de entre otros, cercar a la futura China de Mao Tse Tung quien llegó al poder en 1949. Esta que no ha terminado oficialmente, sino que cesaron las hostilidades (un armisticio en 1953) desembocó en la división real de esa península. Es de tal manera que existe una Corea del Norte y una Corea del Sur. China y Rusia, actualmente coinciden en apoyar a Corea del Norte; sin embargo, por razones diferentes. China porque ha estado asumiendo el rol hegemónico en toda el Asia y utiliza a Corea del Norte en tanto que un as bajo su manga, para ejercer presión sobre el resto de los países asiáticos. Ambos se aprovechan recíprocamente. A China no le conviene la reunificación de la península coreana. Una Corea reunificada, sería una potencia nuclear y económica que sería un factor geopolítico de gran peligro para los planes de China a largo plazo. Por ello, China no participa en las condenas al régimen norcoreano. No obstante, lo mantiene a raya.

Corea del Norte, a pesar de sus dimensiones geopolíticas (poca comunicación con el mundo) y limitaciones que emanan de su sistema político (muy cerrado) realiza su juego de tener de aliada a China. La dirigencia norcoreana hace un buen juego a corto plazo, que sin embargo le perjudica a largo plazo, justamente por jugar totalmente al aislacionismo.

Rusia ha sido determinante en la edificación y mantenimiento del régimen norcoreano. Las consecuencias la han pagado ese sufrido pueblo y el mundo, pues Corea del Norte es una permanente amenaza a la paz mundial, amén de someter a un régimen medieval y sanguinario. El caso es que Moscú en 1950, con un Stalin envalentonado por los resultados de la Segunda Guerra Mundial, se lanzó a la aventura de promover una intervención en la península coreana, provocando la citada guerra que generó ese punto focal que aún nos domina.

Rusia de la mano de Putin se acercó a Corea del Norte a fin de encontrar insumos para utilizarlos en su conflicto contra Ucrania.  Pyongyang, irresponsablemente se colocó al servicio de Moscú, garantizándole armas y soldados. China observa silenciosamente y pondera sus pasos, mientras mantiene su narrativa de buscar y promover la paz.

Vale la pena recordar que recientemente se cumplieron los 76 años del inicio de ese tenebroso conflicto. Cuyo resultado terminó en la edificación, en Corea del Norte, de un comunismo, inspirado en el ejemplo del victorioso Stalin para imponerlo; por demás, enraizado, vestido y perfumado con una axiología asiático-medieval. Es un país que muere de hambre, pero tiene el arma nuclear.

Por otra parte, está Corea del Sur en 1953, era tan pobre como la de Corea del Norte, e incluso partía de una base menor: la industria pesada y la infraestructura hidroeléctrica heredadas del período de dominio japonés se concentraban en lo que hoy conocemos como Corea del Norte. En 1953, Corea del Sur tenía una economía predominantemente agrícola, la cual había quedado devastada tras tres años de conflicto bélico. Era un país cuya renta per cápita era inferior a la de otros, por cuya trayectoria económica posterior, pudieron ingresar al grupo de países tipificados como “en desarrollo”. Corea del Sur, hoy, tiene un peso industrial tecnológico muy importante, posee una plantilla de ingenieros especializados y de mercados de capitales capaces de financiar el desarrollo industrial. Corea del Sur y sus principales empresas, Samsung Electronics y SK Hynix, producen actualmente cerca de dos tercios de los chips de memoria presentes en casi todos los dispositivos digitales del planeta. Los resultados están a la vista.

Observando las realidades de Corea del Sur, Alemania y Japón, países que fueron derrotados y ocupados, para hablarlo en términos actuales, “humillados” por ser dominados por EEUU; todos ellos se insertaron en una dinámica de reconstrucción institucional y económica de primer orden y se montaron en ella, acompañados de su propia visión filosófica de nación. Así estos países hoy muestran dinamismo y desarrollo económico y sus poblaciones experimentan bienestar. Son ejemplos a considerar. Advertimos, hay que ver la historia como fuente de experiencias de la vida del hombre en sociedad. No se trata de copiarlas o repetirlas mecánicamente, por el contrario. Hay que considerar los elementos positivos de esas tres experiencias que puedan ser aprovechables. Tomarlos en cuenta.

Presentamos esta revisión histórica, que ilustra la realidad de estas tres naciones en su evolución posterior a 1945, la cual sirve para explicar los pasos que les tocó experimentar y nos expone las dificultades que tuvieron que sortear para salir de su atolladero existencial en el cual fueron introducidos por la irracionalidad de los tiempos. Incluso con su desempeño han podido contribuir al surgimiento de un nuevo orden mundial.

Con esto me dispongo a abordar la muy compleja situación de Venezuela. “¿Qué hacer?”, se preguntaba en un escrito Chernyshevski, el populista ruso, a quien Lenin tomó como su referente intelectual, e incluso escribió un libro cuyo título era similar. El caso es que nos debemos preguntar: ¿qué es lo que podemos hacer con el desastre ocasionado por los terremotos del 24 de junio de 2026, el cual se yuxtapone a la crisis multidimensional que ya arrastraba Venezuela?

No es nada fácil lo que tenemos al frente. La economía y la institucionalidad han sido destrozadas durante estos 27 años. Desde el 3 de enero de 2026, EEUU impuso un tutelaje al autoritarismo residual. Esta experiencia “del socialismo del siglo XXI” fue la que permitió que el país cayera en este proceso de destrucción.

Ahora bien, la historia nos muestra como los desastres telúricos merman las naciones. En nuestro caso, tenemos que reconocer que el movimiento telúrico de 1967 agarró al país con evidentes condiciones para enfrentarlo con recursos y capacidades. En cambio, el ocurrido este año, sorprendió al país desnudo y huérfano de capacidades, además con una economía en el piso, tras 27 años de un proyecto político fallido. Fueron dilapidados o saqueados recursos tampoco nunca vistos en el país.

Cada día van creciendo las voces que reclaman, como nosotros, una vía clara para la restauración de la soberanía nacional. Sin embargo, también debe decirse que muchos de los que recurren a ella, lo hacen sin reconocer que tienen parte de la culpa de nuestro doloroso presente: fueron testigos/culpables de cómo se dilapidaron o saquearon tantos recursos que fueron a parar al bolsillo de los regímenes cubano, ruso, chino, iraní; amén de toda una fauna de “pedigüeños nuestroamericanos”, quienes recibían dinero a raudales en nombre del “socialismo del siglo XXI”. Algunos de ellos (los menos), aunque honestos y para nada corruptos, no dijeron nada, por ejemplo, acerca de la presencia de los cubanos dirigiendo la administración pública nacional, o de los acuerdos desventajosos que llevaron a PDVSA a la quiebra.

Hoy estamos ante un drama muy grande. El país está inserto en una dinámica geopolítica de la cual no podemos salir; por lo menos, “por ahora”. La realidad de las relaciones internacionales nos coloca ante el dramático escenario de encontrarnos bajo el tutelaje de EEUU. Es duro, reconocerlo y más duro sería no hacer nada, sino sólo regodearse en el “antimperialismo” necio, gritando “yankis go home” e insultar a todos aquellos que sugieren pensar en la posibilidad de construir poder y recuperar gradualmente soberanía, con los clásicos calificativos de “cipayos, traidores, vendidos al imperialismo”. Por el contrario, resulta necesario observar con realismo nuestra situación. Hay que leer la historia de Alemania, Japón y Corea del Sur y aprender de sus experiencias. Hace falta pensar y reflexionar sobre el país y hacerlo con el espíritu que describiese el escritor existencialista argelino-francés, Albert Camus quien argumentaba la importancia de despertar del absurdo y confrontar la realidad fríamente.

Venezuela está atrapada en un absurdo que nació en 1992, desde donde fue creciendo hasta que se hizo poder definitivamente en 1999 y nos llevó al actual abismo del cual debemos salir. Nos guste o no, debemos trabajar desde el tutelaje impuesto por EEUU para reconstruir y reinstitucionalizar Venezuela. Es comprensible que EEUU busque jugar a su favor, logrando acuerdos petroleros y mineros. Los “hermanos o amigos” no existen en las relaciones internacionales. No obstante, Washington reconoce que Venezuela es parte de su realidad, pertenece a su área geográfica próxima y por tanto considera importante su estabilidad y prosperidad para su propia seguridad nacional. Es por esto que debemos pensar con cautela, para sacar provecho e ir superando gradualmente el actual tutelaje sobrevenido, tal como lo hicieron en su momento Alemania, Japón y Corea del Sur.

Hay que aceptar la realidad provocada por un proyecto político fallido, para poder trascenderla. Tal como lo expresa poética y musicalmente Joan Manuel Serrat en una de sus canciones: “Nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio”.

Corea del Sur, Alemania y Japón estuvieron ocupados y sometidos a los dictados de EEUU. Ahora bien, ello se revirtió con paciencia, inteligencia y trabajo disciplinado. Ellos fueron sometidos a una realidad y lograron salir de esa dramática situación, porque tuvieron unas élites pensantes, las cuales se amoldaron a las exigencias de los tiempos y se enfrascaron en un modelo político y económico que les trajo un gran bienestar. En el caso de Corea del Sur aún tiene la tarea pendiente de promover la ansiada reunificación pacífica con Corea del Norte. Aunque se observa como muy difícil, no es impertinente la pregunta: ¿Lo lograrán? Quién sabe, Alemania lo hizo.

Los tres países que hemos considerados, estuvieron afectados por la trágica realidad de la guerra, fueron víctimas de ella. Me refiero a la fatalidad expresada por Tucídides en el “Diálogo de Melos”: “Los fuertes hacen lo que pueden, los débiles sufren lo que deben”. Sin embargo, supieron construir poder y superaron su condición de países ocupados y devastados. Tras asumir las consecuencias, se dedicaron con empeño al resurgimiento. Así, se abrieron el camino para salir de su marasmo y hoy compiten en espacios geoeconómicos con EEUU, el cual sigue siendo su aliado preferente en términos de seguridad.

Que un país sea ocupado o tutelado no lo condena al fracaso ni tampoco lo destina al éxito. Los tres casos que examinamos resultaron ejemplos de éxito porque concurrieron cinco condiciones clave: (1) un interés estratégico de la potencia ocupante o tutelar lo bastante firme para sostener el compromiso, (2) una transferencia de recursos de gran escala y acceso preferente al mercado de la potencia ocupante o tutelar, (3) un aparato administrativo eficiente, (4) unas élites que supieron transformar paulatinamente la imposición en autonomía y obra propia, y (5) una mentalidad sagaz e independiente que evitó tanto el anti-imperialismo necio como cualquier estúpido colonialismo mental (como los que ahora claman bochornosamente para que conviertan a Venezuela en el “estado 51” de EEUU).

En suma, la subordinación internacional temporal de Venezuela, aunque pueda resultar dramática y vergonzosa a la luz de nuestra historia, abre un nuevo camino. Esta condición no lo determina por completo, sino que dependerá también de nuestras propias decisiones.

No quisiera terminar estas líneas sin tomar en cuenta al autor invocado al principio de este ensayo, Edward H. Carr, quien siempre proporciona elementos dignos de ponderar: “Toda sociedad civilizada impone sacrificios a la generación viva en beneficio de generaciones aún no nacidas. Justificar estos sacrificios en nombre de un mejor mundo futuro es la contrapartida secular de su justificación alegando algún designio divino”. (Edward H.Carr, Op. Cit., p. 161)

Los venezolanos debemos pensar en el futuro de nuestra sociedad. Hay que aprender de la historia.

@eloicito

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *