Trump y Netanyahu: dos gemelos narcisistas que lideran la guerra contra Irán – Por Alon Ben-Meir (*)
Donald Trump y Benjamin Netanyahu, imágenes especulares de arrogancia y engaño, han subvertido las normas democráticas en sus respectivos países en búsqueda de poder personal. Su narcisismo, su desprecio por la ley y su apetito por el conflicto condujeron a la terrible guerra con Irán.
Donald Trump y Benjamin Netanyahu son líderes populistas autoritarios cuyo desprecio por la ley, la verdad y los límites democráticos define su gobierno. Sus implacables ataques a la independencia judicial, las normas democráticas y el Estado de Derecho están desgarrando los cimientos institucionales de EEUU e Israel. Ambos exhiben un narcisismo profundamente arraigado, según lo analizado por expertos en psicología, que impulsa su conducta egoísta y destructiva en el cargo. Tanto Trump como Netanyahu son recurrentes en sus palabras y acciones, y convergieron de manera más evidente en sus posturas maximalistas sobre casi todos los temas que abordan; nada más flagrante que su peligrosamente desacertada guerra contra Irán.
Orgullo y más allá «de la corrección» política.
Ambos líderes se presentan como salvadores excepcionalmente capaces cuya visión los sitúa por encima de las limitaciones institucionales habituales. La frase de Trump “Sólo yo puedo arreglarlo” en la Convención Nacional Republicana de 2016 acuñó la promesa de que únicamente él podía reparar un EEUU fracturado, minimizando implícitamente al Congreso, los tribunales y la burocracia como obstáculos o peso muerto.
Netanyahu se ha presentado repetidamente como el único Estadista israelí que comprende verdaderamente las fuerzas “históricas” y las amenazas existenciales, instando a los votantes a confiar en su “liderazgo histórico” para enfrentar a Irán y a los enemigos regionales, y tachando a sus críticos de ingenuos o ajenos a la realidad.
Envidia y estatus de suma cero.
La competencia por el estatus se convierte en un juego de suma cero en el que el ascenso de cualquier político rival se percibe como una amenaza existencial. Trump infló crónicamente la asistencia a sus mítines, los índices de audiencia televisiva y los márgenes electorales, al tiempo que menospreciaba los logros de sus oponentes, sugiriendo que sólo sus victorias eran genuinas y que los éxitos de los demás eran falsos o robados.
Netanyahu ha trabajado sistemáticamente para debilitar o marginar a sus rivales del espectro de centroderecha, formando y disolviendo coaliciones para seguir siendo indispensable y asegurándose de que ningún sucesor de la derecha pueda reclamar fácilmente la misma posición.
Destructividad y disposición a quebrantar sistemas.
Cuando sus posiciones están en riesgo, ambos muestran disposición a dañar las instituciones fundamentales para preservar su poder personal. El discurso de Trump del 6 de enero, en el que instaba a sus seguidores a “luchar con uñas y dientes”, se produjo en el contexto de un intento sostenido por revertir el resultado de 2020, contribuyendo a un violento ataque contra el Congreso y el propio proceso de certificación de resultados.
Netanyahu ha tratado la política como un terreno hostil donde rigen las reglas de la “jungla”, adoptando doctrinas de seguridad cada vez más agresivas y tácticas de coalición que sacrifican a colegas, partidos y normas para asegurar su propia supervivencia y agenda política.
Necesidad de control y proyectos grandiosos.
Ambos cultivan imágenes de dominio personal sobre el territorio, las fronteras e incluso el orden regional. La atracción de Trump por las medidas drásticas y unilaterales —como las políticas migratorias maximalistas y las demostraciones de fuerza militar— encaja con una fantasía más amplia de líder autoritario en la que el poder estatal se convierte en la proyección de la voluntad de un solo hombre.
Netanyahu se presenta como el artífice de un Medio Oriente transformado, alardeando de haber remodelado las alianzas regionales y las doctrinas de seguridad de maneras que solo su combinación de fuerza y audacia diplomática podría lograr.
Proyección y acusación de los propios errores.
La proyección —acusar a otros de lo que uno mismo hace— impregna su retórica. Trump denunció a sus oponentes como “tramposos” y prometió castigos draconianos por supuesto fraude, incluso mientras presionaba a los funcionarios para que “encontraran” votos y se apoyaba en narrativas fabricadas sobre papeletas robadas.
Netanyahu acusó a los fiscales, a la “izquierda” y a los medios hostiles de destruir la democracia y participar en persecución política, mientras él mismo atacaba la independencia judicial y buscaba deslegitimar la responsabilidad legal por su conducta.
Hostilidad a la verdad y la moderación.
Las instituciones independientes que buscan la verdad son tachadas de enemigas del pueblo porque limitan al líder. La etiqueta de “noticias falsas” que Trump usa para referirse a los medios críticos, su difamación de los investigadores y sus exigencias de lealtad a las fuerzas del orden y a los funcionarios designados ilustran una visión del Mundo en la que los hechos que contradicen su versión son inherentemente ilegítimos.
Netanyahu ha intensificado sus ataques contra el sistema legal israelí, bajo el pretexto de reformas judiciales que habrían subordinado la Corte Suprema a los caprichos de los políticos y funcionarios encargados de hacer cumplir la ley vinculados a sus casos, transformando la supervisión legal en una narrativa de persecución y erosionando así la confianza pública en las instituciones neutrales.
La guerra de Irán vista a través de la lente de dos narcisistas.
Para Trump, el tema de Irán se convirtió en un escenario para afirmar su dominio personal y demostrar que solo él podía rectificar lo que calificó como el “desastre” de Obama, convirtiendo la política exterior en un reflejo de su autoimagen en lugar de un plan estratégico coherente. Su equiparación de la fortaleza nacional con la victoria personal hizo que la diplomacia pareciera una sumisión, dejando poco margen para el compromiso o los matices.
La fijación de Netanyahu en su legado como protector indispensable de Israel impregnó igualmente su postura sobre Irán de un sesgo exacerbado.
El Presidente Trump se dedicó a la puesta en escena, dramatizando las ambiciones nucleares de Irán con presentaciones teatrales en la ONU, presentando esta línea dura como un heroísmo histórico necesario. Su implacable autoimagen como baluarte solitario contra la aniquilación priorizó la narrativa personal sobre la seguridad colectiva, intensificando el riesgo y enmascarándolo con el lenguaje del destino.
Esto finalmente condujo al mayor fiasco del segundo mandato de Trump. El martes por la mañana, Trump amenazó a Irán con un ataque apocalíptico, prometiendo destruir su civilización. Por la noche, cambió de rumbo y anunció un alto el fuego de dos semanas entre EEUU e Irán, mediado por Pakistán, para permitir a los negociadores buscar una paz duradera. La diplomacia de última hora de Islamabad persuadió a Trump de posponer los ataques y convenció a Teherán de permitir el tráfico de petróleo, gas natural y productos a través del Estrecho de Ormuz.
Trump celebró la tregua como “un gran día para la paz mundial”, continuando con su estrategia de confrontación: intensificar las amenazas para crear la ilusión de triunfo. El episodio reflejó no sólo su estilo teatral, sino también el del Primer Ministro israelí Benjamin Netanyahu, cuyo narcisismo e instinto de supervivencia política han sido durante mucho tiempo paralelos a los de Trump.
Semanas antes, Netanyahu había viajado a Washington para presionar a Trump a favor de la guerra, prometiendo una victoria rápida, una represalia mínima y un Ormuz abierto. Su argumento, respaldado por la inteligencia israelí, afirmaba que el régimen iraní colapsaría una vez que su líder fuera asesinado. Funcionarios estadounidenses, especialmente el Secretario de Estado Marco Rubio, desestimaron el plan como una “tontería”. Sin embargo, operando en una burbuja que premia el ego por encima de la prudencia, Trump dio la orden final.
La convergencia de Trump y Netanyahu —dos líderes acosados que buscan legitimidad a través del conflicto— revela menos una gran estrategia que un peligroso dúo de autopromoción y autoengaño.
Su imprudente decisión de declarar la guerra a Irán ha resultado catastrófica. Subestimaron gravemente la resistencia militar de Irán y su capacidad para trastocar el orden internacional. El ataque ha interrumpido la cadena de suministro de petróleo y gas natural, desencadenando una crisis energética mundial, sometiendo a los Estados del Golfo a una implacable represalia iraní y sumiendo a Medio Oriente en un violento caos.
De autoproclamados salvadores a destructores.
Trump y Netanyahu representan fuerzas corrosivas que han deshonrado los cargos que ostentan y profanado los ideales democráticos que juraron defender. Cada uno ha instrumentalizado el miedo, la división y el engaño para perpetuar su poder, socavando los tribunales, difamando la verdad y envenenando la confianza pública e internacional.
El legado de Trump y Netanyahu no es de fortaleza, sino de decadencia moral, dejando tras de sí dos democracias maltrechas que luchan por recuperarse del populismo autoritario y narcisista de hombres que se autoproclamaron salvadores de sus naciones librando una guerra imposible de ganar, cuando, en realidad, son los artífices de su destrucción.
(*) Alon Ben-Meir es Profesor de Medio Oriente del Center for Global Affairs de la Universidad de Nueva York.
Reproducido con autorización del autor.
@AlonBenMeir

