Conflicto por petróleo y realpolitik – Por Oscar Hernández Bernalette
Unas semanas antes de la invasión de Estados Unidos a Venezuela, con alumnos de posgrado, nos preguntamos si era viable en estos tiempos que un país sediento de petróleo invadiera un aliado estratégico para garantizarse suministro. La conclusión en general fue negativa, siempre y cuando el país con riquezas energéticas fuese un aliado y un suplidor seguro. Para ese entonces no era el caso de Venezuela. Caracas se había alejado de los Estados Unidos y su foco estaba en China, Rusia, Irán y la India.
Partíamos del supuesto de que las empresas transnacionales norteamericanas querían el petróleo venezolano por su cercanía a este gran consumidor, aspirando por supuesto a unas reglas claras y predecibles que permitieran satisfacer a un socio presionado por la demanda. Si esto era así, entonces la pregunta, ¿para qué querría por la fuerza, entendiendo esta como un concepto amplio, apoderarse de estas riquezas que obviamente no le pertenecen si esta era un suplidor seguro y confiable?
Al poco tiempo pasó lo que pasó y entró en escena la “realpolitik”, primero los intereses de la potencia, de lado quedó la moral, la ética, lo más importante es garantizar suministro para las necesidades incuestionables de la aún principal potencia militar del planeta y una economía sedienta de energía. El negocio se adjudicó independientemente de los preceptos constitucionales venezolanos y se utilizó el tutelaje para imponer las condiciones. No iba a ser de otra manera desde la visión imperante en estos tiempos en Washington.
El petróleo no es solo un recurso energético, sino una herramienta de poder que moldea las relaciones internacionales, influye en las economías globales y define estrategias diplomáticas. Su control y distribución han sido históricamente utilizados por países y bloques para ejercer influencia, imponer sanciones y garantizar su seguridad nacional. Esta idea es archiconocida y ha sido el primer enunciado de cualquier clase de geopolítica del petróleo. Entonces afirmamos que es un arma diplomática y se usa para imponer relaciones globales. El oro negro nos permite adelantarnos a acontecimientos geopolíticos futuros. Podemos predecir acciones geopolíticas y acontecimientos a gran escala. De allí la importancia de evaluar permanentemente escenarios que permitan tratar de anticipar los acontecimientos dado los intereses y las necesidades de los actores. Anticipar perjuicios directos o daños colaterales. Por ejemplo, si es un país consumidor neto de energía, intenta mantener un mercado confiable y seguro, los países productores garantizan accesibilidad al recurso, genera confianza en los mercados, protegen rutas marítimas, etc. Cuando estos enunciados no están sobre la mesa se generan situaciones como las actuales en Irán o Venezuela. Esta afirmación nos permite comprobar que es una mala política cerrarle el paso al suministro de petróleo, así como mantener relaciones irritas con quien puede ser un comprador confiable y seguro. Esta premisa parece que no se examinó desde Miraflores, aunque retóricamente y desde los tiempos de Hugo Chávez se afirmaba que los Estados Unidos vendrían por nuestro petróleo tarde o temprano.
Volvamos a los conceptos. La geopolítica del petróleo es horizontal tanto para consumidores como productores. Si tiene el país productor opción de vender sus excedentes a un mercado confiable, cercano y con capacidad de absorción debido a su facilidad de compra y la necesidad de consumo, pues se debe convertir en un aliado estratégico importante en lo que se refiere a exportaciones, negociaciones, expansión de negocios y se evitan relaciones conflictivas que menoscaben la posibilidad de mantener la fluidez del mercado. Se lee frío, pero así es.
El cuadro descrito encaja con el escenario entre Venezuela y los Estados Unidos. Ese supuesto señalado, se perdió toda vez las relaciones tensas por décadas y terminó en lo que se vive actualmente, el país que tutela decide los límites de su injerencia en la economía petrolera y logra un acuerdo a todas luces en detrimento de Venezuela y que aunque se disfrace, tomó en cuenta en primer lugar los intereses económicos de los Estados Unidos. En este caso, su condición de potencia, le dio el derecho de asegurar su futuro energético. Lo afirmó Trump sin cortapisas ni alma, “Al Vencedor le pertenece el botín”.
Sin embargo, el controvertido acuerdo, independientemente de su transparencia, también beneficiaría al país sometido, toda vez que las inmensas inversiones que se tendrán que realizar para explotar los campos designados son cifras astronómicas que, aguas abajo, impactarán la economía y a miles de trabajadores. Ante el deterioro de la economía de Venezuela, la necesidad de inversiones, los beneficios de una nueva inserción de capitales para esa industria hacen que muchos lo vean bajo la óptica según la cual aunque perdiendo también se gana. Si estuviéramos en democracia y en condiciones normales la negociación hubiese sido con una visión ganar-ganar.
No dudo que un mal acuerdo para Venezuela hoy, que violente sus derechos, a mediano y largo plazo, puede ser un desastre para el país que tutela. El exceso de realismo político puede crear las bases para un mayor deterioro en el tiempo. Veremos.
(*) Embajador de carrera (R).
@bernalette1

