La retórica apocalíptica de Trump – Por Alon Ben-Meir (*)

Es difícil exagerar las graves implicaciones de la publicación de Trump del 7 de abril en la red Truth Social, donde afirmaba que “toda una civilización morirá esta noche, para no volver jamás”, si no se llegaba a un acuerdo con Irán. Una declaración tan rotunda llevó a especulaciones respecto a que usaría “armas de destrucción masiva”, es decir, nucleares, para ejecutar su amenaza. Obviamente, no puede destruir un país tan grande y aniquilar a una población de 95 millones con armas convencionales. Si bien era improbable que Trump llevara a cabo su amenaza, sus palabras no fueron tomadas a la ligera ni por Irán ni por gran parte de la Comunidad Internacional.

Indignación internacional por la amenaza de Trump.

La indignante declaración de Trump ha provocado una extraordinaria ola de condena, desde Teherán hasta El Vaticano y organismos no gubernamentales internacionales de Derechos Humanos.

La Secretaria General de Amnistía Internacional denunció el discurso de Trump como una “amenaza apocalíptica”, advirtiendo que su promesa de acabar con “toda una civilización” revela “un nivel asombroso de crueldad y desprecio por la vida humana” y debería impulsar una acción global urgente para prevenir crímenes atroces. El Papa León XIV calificó el lenguaje de “verdaderamente inaceptable”, y el Primer Ministro británico, Keir Starmer, condenó la amenaza de Trump, afirmando que “no son palabras que yo usaría —jamás usaría— porque abordo esto con nuestros valores y principios británicos”.

En conjunto, estas reacciones, entre muchas otras, subrayan que la retórica de Trump no se considera mera fanfarronería, sino una amenaza genocida que destroza las normas básicas del Derecho Internacional.

Reacción de funcionarios iraníes a las declaraciones de Trump.

La embajada iraní en Pakistán ridiculizó la idea de que Trump pudiera borrar una cultura que sobrevivió a Alejandro Magno y a los mongoles, insistiendo en que las civilizaciones “no nacen de la noche a la mañana ni mueren de la noche a la mañana”. Las promesas de Trump de “regresar a los iraníes a la Edad de Piedra” y dejar morir a “toda una civilización” no han llegado a Teherán como un simple exabrupto. Los líderes iraníes interpretan este lenguaje como una admisión abierta de su intención de cometer crímenes de guerra, y ya lo consideran parte de su lucha existencial con Washington.

En manos de la Guardia Revolucionaria, la amenaza de la “Edad de Piedra” se convierte en un valioso recurso propagandístico: es prueba, según afirman, de que EEUU no sólo se opone al régimen, sino que sueña con aniquilar a todo un pueblo. La respuesta de la Guardia Revolucionaria ha sido desafiante, no sumisa, prometiendo una represalia “más fuerte, más amplia y más destructiva”, y advirtiendo que cualquier escalada estadounidense recibirá la misma respuesta.

Sin duda, muchos líderes iraníes ven las publicaciones de Trump como una maniobra desesperada al borde del abismo: un matón que alardea de una aniquilación nuclear que no puede llevar a cabo. Esa interpretación podría tranquilizar a la población del país, pero también podría tentar a Teherán a desafiarlo, aumentando el riesgo de un error de cálculo. En cualquier caso, Trump ha brindado al régimen iraní la oportunidad de afirmar que cualquier concesión obtenida de Washington bajo una presión tan extrema no constituye una capitulación. Sin embargo, la historia milenaria de Irán demuestra que este orgulloso pueblo, poseedor de una de las civilizaciones más ricas, no sucumbirá ante ninguna amenaza.

Reacción del público iraní.

La promesa de Trump de “golpear a Irán con extrema dureza” también funciona como una guerra psicológica contra una sociedad ya exhausta. Añaden la amenaza de destrucción física a años de sanciones, colapso económico y represión. Para muchos iraníes, especialmente padres y ancianos, escuchar a un Presidente estadounidense advertir con tanta naturalidad que “toda una civilización morirá esta noche” transforma la geopolítica abstracta en un temor íntimo que pueden imaginar y cuantificar: hospitales sin electricidad, niños sin comida ni agua, personas muriendo de hambre y ciudades en ruinas.

Esto agrava su ansiedad, sus preocupaciones y la sensación de estar siendo castigados colectivamente por decisiones tomadas por un autoritario desquiciado cuyo tono genocida endurece un nacionalismo defensivo. Incluso los iraníes que desprecian al régimen siguen viendo la amenaza como un ataque a una cultura milenaria. Se unirían en torno a la bandera, pues consideran que sus vidas son prescindibles en una lucha donde la alternativa, como el propio Trump deja claro, es la extinción de la civilización.

En las calles iraníes y en la diáspora, se oyen ecos de la retórica de Trump que desencadenan una mezcla explosiva de miedo, furia y desprecio que el régimen puede instrumentalizar fácilmente. Para algunos iraníes, hablar de una “civilización” que muere reabre las heridas psicológicas de las sanciones paralizantes y la guerra, haciendo que las amenazas estadounidenses se sientan terriblemente reales, no meramente figuradas. Para otros, es un insulto insoportable a una cultura ancestral que precede a EEUU por milenios, reforzando el orgullo nacional y generando apoyo incluso entre los críticos del clero gobernante.

La idoneidad de Trump para dirigir el poder estadounidense.

Estas reacciones iraníes repercuten en la política estadounidense porque un Presidente cuyas amenazas se interpretan en el extranjero como genocidas, desquiciadas o claramente dementes no proyecta determinación, sino que publicita volatilidad e incoherencia estratégica. Esto inevitablemente socava la disuasión y le da a Irán tanto una herramienta de reclutamiento como un pretexto para la escalada si fuera necesario.

En el ámbito interno, la percepción de un hombre sin control alimenta directamente los ya acalorados debates sobre la capacidad mental de Trump para dirigir el poder estadounidense, dando argumentos a los críticos que sostienen que su lenguaje apocalíptico no sólo es moralmente repugnante, sino operativamente impensable. Esto llevó incluso a algunos republicanos conservadores en materia de seguridad nacional a preguntarse si se puede confiar en el criterio y la disciplina de los que, en última instancia, depende la seguridad nacional de EEUU, a un Comandante en Jefe que habla con ligereza de destruir una “civilización” y cuyo dedo está sobre el botón nuclear.

Cuando un Presidente de EEUU amenaza con la muerte de toda una civilización, el Mundo debe escuchar, no porque la amenaza sea necesariamente creíble, sino porque expone el peligro de permitir que la retórica desenfrenada moldee las realidades globales. Las palabras de Trump no son el berrinche de un hombre fuera del poder. Sus palabras reflejan una visión del Mundo que utiliza la amenaza de extinción como diplomacia y pone en riesgo la civilización misma en aras de un dominio teatral y la proyección de poder absoluto.

La declaración de Trump de que millones podrían perecer no es simplemente el desvarío de una mente desequilibrada, sino un escalofriante testimonio de la facilidad con que las palabras pueden poner en peligro la paz cuando las pronuncia quien comanda el ejército más formidable del Mundo. Su invocación de la muerte de la civilización trasciende la imprudencia política; revela un colapso moral que lo hace ominosamente incapaz de ejercer el poder estadounidense y liderar el orden mundial.

Parece que no hay nivel de deshonra que Trump no esté dispuesto a aceptar. Un día, amenaza con aniquilar una civilización entera y exterminar a 95 millones de iraníes; al siguiente, se presenta en una imagen generada por IA como un salvador similar a Jesucristo que cura a los enfermos: una blasfemia que sólo Trump puede cometer, degradando los elevados y sublimes valores del cristianismo sólo para alimentar su alma enferma de narcisismo.

Lo que antes se consideraba mera fanfarronería, ahora debe reconocerse por lo que realmente es: una advertencia de que cuando la mentira peligrosa se une a un ego desmedido, la Humanidad misma se convierte en víctima colateral. El Mundo no puede permitir que el discurso de un líder desequilibrado se convierta en el lenguaje de la política mundial.

(*) Alon Ben-Meir es Profesor de Medio Oriente del Center for Global Affairs de la Universidad de Nueva York.

Reproducido con autorización del autor.

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